RAYUELA

imagen025Se han cumplido 50 años de la publicación de Rayuela, la novela de Julio Cortázar que sorprendió a los lectores de todo el mundo y que se convirtió rápidamente en la preferida de los jóvenes.

Soy una privilegiada, poseo la edición conmemorativa publicada por Alfaguara con motivo de su medio siglo, y puedo decir, sin temor a dudas, que es uno de los libros más hermosos que he tenido entre mis manos. Si quien me lo regaló me volviera a preguntar qué libro deseo, volvería a responder: Rayuela.

Para leer esta novela (contranovela, a decir de su autor) hay que estar concentrado y dispuesto. Es un libro egoísta, que reclama completamente la atención. No se permite distraerse.

En Argentina, la tierra del autor, una Rayuela es un pon, traduciéndolo al cubano. El juego que hemos practicado alguna que otra vez en la vida, encierra un significado más profundo. No se pueden pisar las líneas, hay que llegar a la cima. Desde la reflexión de Cortázar, una rayuela es lo mismo que el mandala, es un símbolo de la unidad, pero desacralizado. Él no deseaba imponer a sus lectores ese conocimiento, teniendo a su alcance el recurso menos estilizado, pero igual de efectivo, de referirse al juego infantil.

No hay forma de que se pueda contar la trama. Cuando lo ven en mis manos aquellos que no lo han leído me preguntan: ¿de qué trata? Y yo no sé cómo contestar. Es un buen libro, les digo, y noto en sus caras la inconformidad.

Cuando uno da el primer paso y se lanza uno a las páginas de la obra, se siente cierto aturdimiento, que va desapareciendo en la medida que se comprenden las intenciones ocultas: se desea que seamos nosotros mismos una especie de editores y de creadores. En el justo momento en que uno elige la manera en que va a abordar el texto, está convirtiéndose en cómplice.

Usted puede leerlo de la manera acostumbrada: de principio a fin (y sin remordimientos, como dice un pequeño prólogo), puede leerlo como indica el tablero de direcciones que aparece al principio, o puede simplemente, leerlo como desee.

Los personajes del Club de la Serpiente, y la Maga (a quien hay que sacar del grupo por su defecto-virtud de nunca captar nada y no comprender las discusiones filosóficas de los integrantes) se van mezclando alrededor de Horacio Oliveira y de su visión fría y extraña del mundo.

Un argentino que significa la emigración, el desgaste, el desamor y la locura, nos enseña sus sentimientos, mientras los esconde. Es contradictorio, como todo en Rayuela, pero es cierto. Cada vez que dice que no hay amor entre el personaje y la Maga, describe un sentimiento, una necesidad, un deseo físico, que difícilmente podríamos llamar de otra manera.

La Maga es más romántica, un personaje de los que no abundan. Parece como si a su alrededor existiera una burbuja, delgada, pero impenetrable. Es capaz de olvidar su nombre (Lucía) y adoptar el de Maga, y de manera tan eficaz, que uno no se la puede imaginar siendo una mujer común. Incluso puede llamar a su bebé Rocamadour para que no sea un Carlos Francisco más.

Todos los personajes vienen a aportar sus pequeños detalles a la obra, haciéndola colosal y casi completa. Si menciono algunos, terminaría por contar pasajes que prefiero que cada uno se lea e interprete a su manera.

Mantengo que es tanta la intervención de la subjetividad del lector, que se ha dicho que este juega verdaderamente el papel protagónico en la historia. No hay manera de convertir a Rayuela en un libro para reseñar, lo único que puedo es sugerirlo de todo corazón. Hágalo suyo, experimente, déjese llevar, y entonces comprenderá la fascinación que sigue provocando aún hoy, luego de 50 años después de ver la luz.

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