AFTER DARK

Portada del libro

Haruki Murakami es el único escritor que ha logrado captar mi atención durante páginas y páginas de describir una habitación en calma, a medianoche.
Esta es la primera vez que me acerco al recientemente postulado para el Premio Nobel de Literatura, y, además, mi primer acercamiento a la literatura asiática contemporánea, y no me arrepiento.
After Dark —con ese título en el original en japonés— viene a ser eso mismo, un relato after dark, es decir, después de la oscuridad, en este caso luego de caer la noche.
En un intervalo de tiempo que roza la medianoche y culmina con el amanecer, Murakami teje historias que protaonizan Mari y Eri Asai, un par de hermanas que se diferencian en una sílaba y en todo lo demás. Mientras Mari es inteligente, callada y receptiva, además de poco agraciada, Eri posee una belleza despampanante que encanta a todos. Una nació para superarse, la otra para Blancanieves. Y alrededor de ellas Japón.
La vida nocturna del país del sol naciente queda al descubierto en esta novela de fácil lectura en la que Murakami hace al lector cómplice de sus andanzas nocturnas «como un punto de vista» y como tal actúa de espectador pasivo y no de juez ante lo que ocurre.
Una prostituta china maltratada, un joven encantador que conoce a las hermanas Asai de una salida juntos, los love hotel que trabajan durante la noche y el sórdido mundo de la mafia se contraponen a Eri, quien yace dormida sin despertar siendo observada por un hombre desde la pantalla de un televisor desconectado que se enciende por arte de magia.
Un estilo narrativo que me recuerda a Ítalo Calvino y una historia que destaca el mundo interior de los personajes más allá de las aparentemente inconexas vidas de sus protagonistas nos mantienen enganchados de un texto sencillo, dinámico y rico en el que solamente podemos observar y, por más que gritemos, nadie puede escucharnos. Hasta el amanecer.

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