HIROSHIMA

El 31 de agosto de 1946 la revista estadounidense The New Yorker publicó en sus páginas un único artículo titulado Hiroshima. Tenía 30 mil palabras y se trataba de 6 sobrevivientes de la explosión de la primera bomba atómica de la historia.

El autor, John Hersey, se dio a la tarea de transmitir con lujo de detalles lo que había oído en voz de los protagonistas de la tragedia. Desde las 8:15 de la mañana en que la bomba fue lanzada (y no “dejada caer”) sobre la ciudad japonesa y hasta algunos meses después, acompañamos en su desconcierto, sus penas y su angustia a aquellos que, aún no lo sabían, pero “en el acto de sobrevivir, vivieron una docena de vidas y vieron más muertes de las que nunca pensaron que verían.”

Una cosa espectacular del texto, es la sensación de estarlo viviendo, más que leyendolo. Además, asombra el descubrimiento de que la cultura occidental es tan diferente, que nosotros, en iguales circunstancias no habríamos actuado igual. Los japoneses son callados, son serios, son respetuosos y en el momento más crítico lo desmostraron.

Es impactante saber que nadie lloraba, ni siquiera los niños. Cuando nuestros protagonistas se acercan a personas en apuros les escuchan decir: “sería tan amable, ¿me ayuda, por favor?”. Nadie se quejaba, nadie intentaba llamar la atención sobre sí, nadie quería molestar a los otros.

También, Hiroshima narra el desconcierto en la ciudad. Era difícil de entender que una sola bomba y en un solo instante podía provocar tanto daño. Las teorías fueron muchas y no supieron, hasta mucho tiempo después, que se trataba de un arma capaz de matar en unos segundo a cientos de miles de personas y desaparecer a toda una ciudad.

Para colmo, los propios afectados, los japoneses, empezaron a tratar a los sobrevivientes como seres inferiores. La bomba atómica solo fue el primero de los problemas, porque luego de su explosión llegaron las enfermedades y las secuelas. Nadie quería contratar a los que se salvaron de morir, ni emparentarse con ellos, porque resultaban débiles.

Incluso, la vergüenza era parte de la vida de quienes se salvaron, a tal punto que prefirieron llamarse “hibakushas” -o sea: bombardeados-, antes que sobrevivientes.

Otra característica impresionate del texto que llegó a mis manos, según mi opinión, es el capítulo final que Hersey agregó40 años después. El periodista se mantuvo al tanto de aquellos a los que había entrevistado, y luego regresó a Japón para saber qué había sido de sus vidas.

Sin dudas, Hiroshima debería ser un texto obligatorio. Leerlo me ha convertido en alguien más consciente. Temo, aunque antes no lo hacía, porque no es lo común preocuparse por cosas que ya sucedieron y que nada tiene que ver con nosotros. Ahora sé que hacía mal.

sin embargo, la memoria del mundo se está volviendo selectiva, y no lo digo yo, sino el autor del más grande reportaje que jamás se haya escrito: Hiroshima.

Descargar Hiroshima

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