Dark Water

Cualquiera que haya visto una película de terror japonesa sabe que el agua es un motivo recurrente para el origen y la procedencia de todos los males nipones: la niña del Aro, Godzilla, los occidentales. Y es que el agua, ya lo decía Jung, “es el símbolo más corriente del inconsciente”. Es la fuerza primigenia donde prevalece el inconsciente colectivo, es desde allí donde surge la vida y es ella quien contiene la vitalidad misma del ser. Y Dice también que “…el soñador que anhela subir a las claras alturas se enfrenta con la necesidad de sumergirse primero en la oscura profundidad y ese descenso se le revela como una impredecible condición del ascenso. En esta profundidad amenaza el peligro, que el prudente evita aunque con ello pierde el bien, que un atrevimiento valeroso pero imprudente hubiera hecho posible alcanzar”, y he aquí donde se pone interesante. Pues el agua no siempre cristalina y calma como un lago de ensueño romántico, se presenta en la obra Dark Water de Koji Suzuki, como una mescolanza de sustancias pútridas, oscura y alborotada por las tormentas, ávida de succionar todo lo que la toque, que bien podrían simbolizar la corrupción misma de los personajes que a ella se enfrentan; en otras palabras, en los siete cuentos que componen el libro, el agua es el enemigo tajante de los protagonistas. Un agua con olores y sedimentos flotando alrededor, manifestaciones de la misma situación extrema en la que los personajes se revelan a sí mismos con todo su inconsciente fluyendo en sincronía con la marea que los rodea.

Famoso por su novela The Ring (El Aro, para nosotros), Koji Suzuki es el exponente más prominente de la literatura fantástica nipona actual. Sus cuentos, aunque fácilmente reducidos al catálogo de “terror”, son más bien un mosaico de técnicas narrativas de diversas fuentes y con diferentes propósitos. Así cuentos como Agua que se agita, que cuenta la historia de Yoshimi Matsubara, una madre recién divorciada, que debe responsabilizarse de la manutención de su hija y la suya propia, mudándose a un viejo bloque de apartamentos en el que comienza a sospechar la presencia extraña de una niña desaparecida un año antes de su mudanza y Un Crucero de Ensueño la desventura de Masayuki Enoyoshi al quedar varado en un yate en la bahía de Tokio junto al matrimonio Ushujima sin poderse explicar qué los detiene y cuya única pista es la pequeña zapatilla de niño de lona azul que se enredó en el motor. Cuentos donde la sensación general de un evento fantasmagórico se pone en duda por el tono del relato, una técnica de ambivalencia que nos recuerda clásicos como Otra vuelta de Tuerca, e incluso el Laberinto del Fauno, pues ante dos posibles explicaciones de los acontecimientos (uno fantástico, el otro real) nunca podemos concluir de manera tajante la verdadera naturaleza del acontecimiento.

En otro espectro, además, se encuentran los cuentos Isla Solitaria, que narra la obsesión de Kensuke Suehiro por acceder a una isla artificial luego de escuchar la irreal historia de su sádico amigo Toshihiro Aso y El Agujero, la descripción de un día de resaca de Hiroyuki, un prominente pescador de la zona, iracundo como su padre, huérfano de madre. Cuentos que en su estructura y descripciones narrativas recuerdan más a un Raymond Carver, una secuencia de acontecimientos anodinos y realistas que voltean la tortilla para darnos a conocer la psiquis de los personajes en situaciones que rayan el absurdo.

También, como la tradición de la cuentística de terror marino lo dicta, El Barco a la Deriva nos presenta la historia de un extraño ser, animal, material místico o lo que sea que le presenta a Kazuo Shiraishi la siniestra oportunidad de enfrentarse a un terror más allá de los límites del conocimiento humano, del discernimiento y la razón. Un ser más allá de la comprensión humana, desafiante de las leyes naturales, movidos por su misma fuerza vital, que atacan al humano no con maldad sino con instinto, propio de la mitología clásica o los románticos Poe, Hogdson y por supuesto Lovecraft.

Más allá de lo fantástico, lejos de los géneros clásicos para entrar al terreno de lo experimental y metaficcional tenemos La Acuarela. Un cuento que en principio parece contener los típicos elementos de terror tradicional japonés: las goteras inexplicables del techo, baños inundados, cabellos larguísimos que ondulan como seres vivientes, para luego romper la cuarta pared y comprometer al lector como un personaje más, testigo de los experimentos de un director de teatro.

Y finalmente El Bosque en el Fondo del Mar, el cuento menos sobrenatural, es terrorífico por la situación extrema de supervivencia y lucha de Sugiyama por sortear la naturaleza y regresar con su familia. Un relato que recuerda los mejores momentos de Jack London y Melville donde somos concientizados de la fuerza de la naturaleza en toda su omnipotencia.

Hideo Nagata, en el 2002, adaptó al cine Dark Water, aunque solo se basó en el primer relato del libro: Aguas que se agitan. Allí, igual que antes en The Ring, Nagata se aseguró de implantar su propia dosis de terror al plasmar la existencia de un fantasma. A diferencia de lo que leemos, en la película hay una entidad real que posee un poder de acción, que se plantea un deseo específico y que realiza una serie de acciones para satisfacerse. Sin ser mala (el remake gringo sí lo es) es bueno aclarar que el deseo de Suzuki nunca fue hacernos creer en niños fantasmas sociópatas, sino más bien plantearnos situaciones psicológicas más sutiles. ¿De qué nos asustamos al leer Dark Water? ¿De la posibilidad de que un fantasma esté motivando actos siniestros y malévolos? ¿O de que sea la misma naturaleza humana quien dicta esos deseos?

Jung dice que el encuentro consigo mismo es el encuentro con la propia sombra. Los relatos de Suzuki, y su obra en general, juegan más con la posibilidad de lo fantástico que con su concreción en un plano material. La presencia de los espectros en sus cuentos, más bien, parece alimentada por las propias obsesiones, locuras, miedos y fantasmas de la mente de los protagonistas. No son las ilusiones quienes atacan a otros, quienes se dedican a asustar a los niños, o que se comportan de manera macabra. Están ahí, claro, para provocar la naturaleza más primitiva e instintiva de sus actores, de quienes los proyectaron, simplemente estando ahí como un reflejo retorcido y ondulado en las aguas de un pozo.

Una narración limpia y un manejo formidable de la tensión narrativa. Un imaginario rico en detalles y nada monótono, una clara visión de los alcances de la mente y la sugestión de la psiquis humana. Una hipérbole maravillosa que refleja también lo que significa ser japonés en la era postindustrial, donde ahora más que nunca la definición de Humano está por realizarse, y donde la más mínima pausa en el bombardeo de estímulos de nuestra sociedad tecnificada nos enfrenta inevitablemente con los fantasmas escondidos en las sombras de nuestro inconsciente.

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