Dark Water

Cualquiera que haya visto una película de terror japonesa sabe que el agua es un motivo recurrente para el origen y la procedencia de todos los males nipones: la niña del Aro, Godzilla, los occidentales. Y es que el agua, ya lo decía Jung, “es el símbolo más corriente del inconsciente”. Es la fuerza primigenia donde prevalece el inconsciente colectivo, es desde allí donde surge la vida y es ella quien contiene la vitalidad misma del ser. Y Dice también que “…el soñador que anhela subir a las claras alturas se enfrenta con la necesidad de sumergirse primero en la oscura profundidad y ese descenso se le revela como una impredecible condición del ascenso. En esta profundidad amenaza el peligro, que el prudente evita aunque con ello pierde el bien, que un atrevimiento valeroso pero imprudente hubiera hecho posible alcanzar”, y he aquí donde se pone interesante. Pues el agua no siempre cristalina y calma como un lago de ensueño romántico, se presenta en la obra Dark Water de Koji Suzuki, como una mescolanza de sustancias pútridas, oscura y alborotada por las tormentas, ávida de succionar todo lo que la toque, que bien podrían simbolizar la corrupción misma de los personajes que a ella se enfrentan; en otras palabras, en los siete cuentos que componen el libro, el agua es el enemigo tajante de los protagonistas. Un agua con olores y sedimentos flotando alrededor, manifestaciones de la misma situación extrema en la que los personajes se revelan a sí mismos con todo su inconsciente fluyendo en sincronía con la marea que los rodea.

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Por quién doblan las campanas

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.

Ernest Hemingway utilizó este fragmento de John Donne como epígrafe en la más vendida novela de su bibliografía artística. Como corresponsal de guerra, Hemingway presenció los acontecimientos que luego tradujo en una historia alrededor del joven Robert Jordan, un estadounidense vinculado con las internacionales comunistas, encargadas de expandir las luchas sociales y frenar el inminente avance del fascismo en el mundo. Inmerso en la guerra civil española, en la que republicanos y sublevados se enfrentan por el control político del país, su misión es hacer volar un puente para detener las tropas franquistas, y así darles a los republicanos la oportunidad de aventajar en la disputa. Con suerte, la operación táctica dará el giro que tanto se necesita para terminar la guerra. Así lo entiende el joven Jordan, valiente y decidido, conoce la importancia del discurso soviético, su veracidad transparente en un mundo plagado de las mentiras de los imperialistas, convencido de que su misión será determinante para el triunfo de todos los pueblos del mundo.

Pues no, los republicanos pierden. Todos lo sabemos, Hemingway lo sabía. También sabía que nosotros lo sabíamos. Entonces, ¿por qué dedicarse a escribir una novela alrededor del estallido de un puente que, como vemos en la novela, ya no haría ninguna diferencia ante la superioridad militar de los sublevados? Qué ganamos al leer la historia de un hombre que está convencido de un ideal superior, que ve tan claramente lo que para el resto de la humanidad es una bruma de seres humanos con distintos pensamientos, reacciones, pasiones, miedos. ¿Con qué finalidad habríamos de sentarnos a leer 500 páginas sobre una guerra que se perdió? ¿Para ver a un hombre confiar en que puede hacer algo diferente, algo valeroso? ¿Para ser testigos de cómo el amor, incluso en el escenario más improbable, es siempre el protagonista? ¿Para contrastar las posiciones de los dos bandos, individualizarlos, entender que los actos terroríficos y los actos de altruismo y perdón no se limitan a los fachos o a los mamertos, sino que son cosa de todos y cada uno de los hombres? ¿Acaso porque queremos creer, muy dentro de nosotros, que hay algo más importante que aceptar las cosas como son, que hay cosas por las que vale la pena morir?

Tal vez solo signifique que ese viejo loco estaba germinando en su cabeza, muy lentamente, el desdén por la inactividad, por la quietud, aburrido como todos los de su generación por la vida aburguesada. Muy seguramente ya se confundían en su cabeza ideas  como el honor que implica morir en batalla con la seducción del suicidio y por supuesto los toros, siempre los toros. Puede incluso que el título y el epígrafe, tomados del conceptualista más importante de la época isabelina, quiera decir que la pérdida de esa guerra no fue un hecho aislado y que en cambio nos afectó a todos, nos destruyó y nos sigue destruyendo un poco a todos.

Sea como fuese, con todo lo elíptico que resulta y las divagaciones que podemos hacer al respecto, esta es una novela que vale la pena leer. A las llamas con el Viejo y el Mar, que no importa cómo lo vean: es aburrida. Acá en cambio vemos la incandescencia de la literatura, la magistralidad de la técnica junto a una historia atractiva, seductora. Sangre, huesos y carne convertidos en papel:

No sirves para eso, Jordan —se dijo—. Decididamente, no sirves. Bueno, pero ¿quién sirve para eso? No lo sé, y en estos momentos no puedo averiguarlo. Pero la verdad es que tú no sirves. No sirves para nada. ¡Ay, para nada, para nada! Creo que sería mejor hacerlo ahora. ¿No lo crees? No, no estaría bien. Porque hay todavía algunas cosas que puedes hacer. Mientras sepas lo que tienes que hacer, tienes que hacerlo. Mientras te acuerdes de lo que es, debes aguardar. Así es que, vamos, que vengan. Que vengan.

 

Llamémoslo lo imprevisible

La-promesa

La gente espera que al menos la policía sepa tener el mundo bajo control, mientras que yo por mi parte no puedo imaginarme una esperanza más asquerosa.

¿A qué le temen los adultos? ¿A la muerte, a la vejez, a las burbujas inmobiliarias? La verdad es que nos asusta la incertidumbre, esa cualidad del universo que no permite que las cosas sean como nosotros querríamos que fuesen y que en muchas ocasiones nos desbarata las más sencillas verdades por cuestiones azarosas y absurdas. Así, en el mundo real, es posible que una mujer experimentada en cuestiones de supervivencia muera en un bosque de los Estados Unidos, a pocos metros de donde el grupo de rescate la estaba buscando y, al mismo tiempo, un niño de siete años sobreviva una semana en un bosque de Japón plagado de osos; o que un hombre atraviese todo el país para matar a un profesor, suicidarse y solo dejar una nota donde pide que se alimente a su gato.

Digo esto porque tuve que enfrentarme de muchas maneras a esa incertidumbre con mi última lectura, una novela que jamás habría buscado ni leído por mis propios medios y que solo agarré por una serie de azares que se conectaron entre sí. El día de hoy les quiero recomendar La promesa de Friedrich Dürrenmatt que comienza como solo podría comenzar Twin Peaks: con una niña muerta.

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La historia antes del Principito

vuelo-nocturno-saint-exupery-traduccion-lucia-dorin-le-307111-MLA20493228847_112015-OSolo un hombre conoció al Principito. En carne y hueso, quiero decir. Solo un hombre escuchó de su propia boca la narración de su viaje, sus aventuras. Cumplió sus demandas, lo vio llegar, lo vio partir. Luego escribió el testimonio fidedigno de su paso por la tierra para que el resto de nosotros pudiéramos conocer el mensaje que quiso hacernos comprender, pero si están leyendo esto es porque entendieron justamente lo que en sus páginas nos transmitió Antoine de Saint-Exupéry. Pero hay además una historia que profetizó el encuentro entre el Principito y Saint-Exupéry, un relato que no solo nos prefigura el accidente que sufrió el piloto en el Sahara, sino que además se convirtió en la carta de anunciación de su propio ascenso a las estrellas. Ese libro es: Vuelo Nocturno.

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Versos para educar y corromper.

La poesía es como un buen vino. No es algo con lo que atragantas de un solo sorbo, sino que lo tomas con delicadeza y saboreas sus olores, texturas, colores. Esperas hasta impregnarte de toda su esencia antes de dar una opinión, luego un juicio, finalmente una calificación. A diferencia de otros tipos de entretenimiento, el vino y la poesía requieren más paciencia y unos dos niveles de revoluciones menos de los que la vida de ciudad nos tiene acostumbrado. Y música acorde, claro. Es un juego en donde pones a prueba, también, tu delicadeza y gusto. Ahora bien, no sé nada de poesía, así que todo lo que estoy diciendo puede ser basura, pura y pretenciosa basura, pero al menos me gusta considerar que es así como funciona la cosa. Sigue leyendo

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

El fin de semana fui a encontrarme con un poeta colombiano radicado hace un tiempo acá en Argentina y, en medio del desorden, Dafne Pidemunt, escritora y editora de Ediciones La Mariposa y la Iguana, me endulzó el oído, me embaucó y me vendió La cruzada de los niños de Marcel Schwob, de su propia edición bilingüe, traducido por Leticia Hernando.

Conformado por  breves testimonios de diferentes personajes, actores o testigos de los acontecimientos, la historia sigue una peregrinación real, por cierto, hecha por 7,000 niños que en el siglo XIII se fueron a Jerusalén, a recuperar Tierra Santa, armados únicamente con su fe y bondad. La historia es como la de cualquier otro niño que abandona su hogar para buscar tierras prometidas llenas de tesoros, ilusiones de felicidad infinita y la realización de un bien mayor a sí mismos, ajenos a los ogros, hombres lobos y Coyotes que los acechan, ¿quién no lo ha hecho?

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No leer sin banda sonora

Por un azar, cortazariano diría yo, acabo de leer la autobiografía que escribió Miles Davis en 1989, dos años antes de su muerte, junto con el periodista Quincy Troupe.  El libro es un recorrido por los más de 50 años de trabajo artístico de uno de los más admirados y recordados trompetistas de jazz que ha sabido dar la tierra estadounidense, de sus éxitos, de sus amores y de los desprecios que le tocaban por ser negro y talentoso.

Miles Dewey Davis III nació en 1926, hijo de un dentista y una profesora de música. Crece en East St. Louis, Illinois, en una acomodada clase media. Se enamora de la música desde joven y, obstinado y orgulloso como era, decide irse a estudiar a la prestigiosa escuela de música Juiliard, que abandona más adelante por considerarla obsoleta y “muy blanca” para dedicarse a tocar en la Calle 52 en Harlem, la cocina del bebop, junto a Charlie Parker y Dizzy Gillespie, sus dos grandes maestros. Sigue leyendo

GALVESTON: Una palabra, una ciudad.

Nic Pizzolatto obtuvo reconocimiento mundial gracias a la serie que creó y produjo para la HBO: True detective, donde también es guionista y show runner; una producción donde el género policial logra una excelencia y poesía de la violencia pocas veces visto hasta ahora, una gran muestra de la era dorada de la televisión (al menos su primera temporada). Aunque ya en el 2010 Pizzolatto impresionó a los medios estadounidenses por su novela opera prima: Galveston, ahora editada por Salamandra con traducción de Mauricio Bach Juncadella.
La contundencia y la ausencia de resonancias poéticas en el título de la novela de Pizzolatto demuestran ya un tono escueto y una visión práctica, un mundo donde no caben los simbolismos ni las evocaciones románticas.
La historia es protagonizada por Roy Cady, matón a sueldo en Nueva Orleans, cuarentón, cowboy, a quien se le diagnostica cáncer pulmonar. Y si este escenario no puede ser peor su jefe, Sam Ptitko, lo quiere muerto porque se acuesta con la exmujer de aquel. Así, el protagonista se ve obligado a huir junto a una joven prostituta llamada Rocky, huérfana como él, por la carretera que los lleva hasta Galveston, el lugar que evoca en Roy un recuerdo de su juventud y días felices. Sigue leyendo