Dark Water

Cualquiera que haya visto una película de terror japonesa sabe que el agua es un motivo recurrente para el origen y la procedencia de todos los males nipones: la niña del Aro, Godzilla, los occidentales. Y es que el agua, ya lo decía Jung, “es el símbolo más corriente del inconsciente”. Es la fuerza primigenia donde prevalece el inconsciente colectivo, es desde allí donde surge la vida y es ella quien contiene la vitalidad misma del ser. Y Dice también que “…el soñador que anhela subir a las claras alturas se enfrenta con la necesidad de sumergirse primero en la oscura profundidad y ese descenso se le revela como una impredecible condición del ascenso. En esta profundidad amenaza el peligro, que el prudente evita aunque con ello pierde el bien, que un atrevimiento valeroso pero imprudente hubiera hecho posible alcanzar”, y he aquí donde se pone interesante. Pues el agua no siempre cristalina y calma como un lago de ensueño romántico, se presenta en la obra Dark Water de Koji Suzuki, como una mescolanza de sustancias pútridas, oscura y alborotada por las tormentas, ávida de succionar todo lo que la toque, que bien podrían simbolizar la corrupción misma de los personajes que a ella se enfrentan; en otras palabras, en los siete cuentos que componen el libro, el agua es el enemigo tajante de los protagonistas. Un agua con olores y sedimentos flotando alrededor, manifestaciones de la misma situación extrema en la que los personajes se revelan a sí mismos con todo su inconsciente fluyendo en sincronía con la marea que los rodea.

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LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

El fin de semana fui a encontrarme con un poeta colombiano radicado hace un tiempo acá en Argentina y, en medio del desorden, Dafne Pidemunt, escritora y editora de Ediciones La Mariposa y la Iguana, me endulzó el oído, me embaucó y me vendió La cruzada de los niños de Marcel Schwob, de su propia edición bilingüe, traducido por Leticia Hernando.

Conformado por  breves testimonios de diferentes personajes, actores o testigos de los acontecimientos, la historia sigue una peregrinación real, por cierto, hecha por 7,000 niños que en el siglo XIII se fueron a Jerusalén, a recuperar Tierra Santa, armados únicamente con su fe y bondad. La historia es como la de cualquier otro niño que abandona su hogar para buscar tierras prometidas llenas de tesoros, ilusiones de felicidad infinita y la realización de un bien mayor a sí mismos, ajenos a los ogros, hombres lobos y Coyotes que los acechan, ¿quién no lo ha hecho?

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CUENTOS DE HANS CHRISTIAN ANDERSEN

Hace ya muchos años en la Plaza de Armas de La Habana Vieja me antojé (porque no hay otra forma de decirlo) de un libro para niños que me pareció muy bonito. Mi papá me lo compró, porque no le dejé opciones, y así es como obtuve mi versión de los Cuentos de Hans Christian Andersen que publicó Gente Nueva en una excelente edición, de las que ya no abundan.

Ayer mismo me estaba acordando de la historia de la princesa y el frijol, y decidí buscar entre mis libros este hermoso recuerdo de la infancia. Tenía miedo de haberlo regalado en estos años, o de haberlo perdido, como tantos otros libros qué no sé a dónde han ido a parar, o si sé, pero no puedo recuperar.

Por suerte, aunque un poco polvoriento y coloreado con crayolas en ciertas páginas, lo encontré, así que lo sacudí y me lo llevé para, más que leerlo, recordarlo.

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